
Empresario, maratonista y escritor. Tres facetas que podrían parecer distantes, pero que en Jorge Orellana Lavanderos forman parte de una manera de entender la vida. Por décadas ha liderado empresas, corrido maratones y construido una obra literaria que transita entre la novela, la crónica, la memoria y la reflexión. Escribe además columnas en las que observa la actualidad desde una mirada personal, humana y reflexiva.
Sus libros han trascendido nuestras fronteras, alcanzando a lectores de distintos países de Latinoamérica y hasta de Italia. Más allá de los kilómetros, los cargos y las publicaciones, surge un hombre que sigue haciéndose preguntas.

Jorge conversa sobre literatura, el paso del tiempo, los afectos, el éxito y también sobre las singulares historias que, entre libros y kilómetros, lo han conectado con figuras de la política.
—Su vida parece contener varias vidas: empresario, escritor, maratonista, viajero. ¿Cuál es el verdadero Jorge?
—No lo sé, tal vez sea ese el misterio más atractivo de lo que para mí es la vida. Tendemos a definirnos por lo que hacemos: ingeniero, empresario, escritor. Con los años he aprendido que somos bastante más que un título. Hombre, padre, amigo, lector, corredor; alguien que se equivoca a cada rato, aprende, cambia de opinión y vuelve a las eternas preguntas. Quizás lo que me identifica sea: la curiosidad y el disfrutar del regalo que cada día nos ofrece.
—Publicó su primer libro a los 60 años. ¿Llegar más tarde a la literatura fue una ventaja?
—Creo que sí, siempre la espera permite una mejor madurez. A los 25, tenía más certezas y audacias, pero menos vivencias y experiencias que consolidan un todo. Al escribir después de haber trabajado, amado, perdido, viajado, conocido el mundo y cometido errores, miras al ser humano inspirado en un sentimiento piadoso. La literatura necesita imaginación, pero también vivencia.
—¿Qué busca cuando escribe?
—Comprender. A veces comienzo creyendo que explicaré algo y termino con más preguntas. No merezco decirle al lector lo qué debe pensar. Prefiero dejarle una inquietud, intentar conmoverlo y entretenerlo. Si alguien cierra un libro y advierte algo desde otra perspectiva, para mí ocurrió el milagro.
—Sus libros recorren mundos distintos. ¿Qué los une?
—La condición humana. Puerto Montt nace de la memoria; Crónicas de Trote, de los viajes y el running; Desde el Sur, de observar Chile y el mundo. Mis novelas entran en otras vidas y circunstancias, pero vuelven preguntas sobre el amor, el miedo, las decisiones, la pérdida, la esperanza y nuestras contradicciones. Cambian los escenarios; las preguntas permanecen.
—Esa voz que nace en el sur ha terminado llegando bastante lejos. ¿Qué significa ser leído fuera de Chile?
—Me conmueve atravesar fronteras, pero es más atractivo cuando eso ocurre con el vecino que has compartido mil veces el ascensor. La literatura atraviesa y destruye las capas en que se oculta el alma. Ahora, imaginar que alguien a miles de kilómetros abre una historia escrita en Chile y encuentra allí algo propio tiene algo de magia. En ese momento el libro deja de pertenecerte. La literatura acorta distancias.
—La literatura también ha generado episodios singulares en su vida. Sus libros llegaron a manos de Gabriel Boric y José Antonio Kast cuando cada uno, en momentos distintos, ha estado en la Presidencia. ¿Cómo ocurrió?
—El azar, que regula nuestros actos. Fueron historias distintas. Con el presidente Boric se impuso el carácter fortuito: nos encontramos casualmente en la calle y curiosamente llevaba un libro que pude regalarle. Nunca supe si llegó a leerlo, pero me quedó la experiencia de ese encuentro surrealista.
Con el presidente Kast reinó la formalidad. En una misa en La Moneda, luego de alternar con él unos minutos, le regalé dos libros. Tiempo después recibí una carta suya en la que me agradecía el gesto y comentaba los textos.
En ambos casos, se trató de eventos mágicos.
—También ha compartido trotes con Claudio Orrego, actual gobernador de Santiago. ¿Se conversa distinto mientras se corre?
—Absolutamente. Corriendo desaparecen las formalidades. No importa el cargo o la profesión: dos personas que avanzan a igual ritmo. Con Claudio hemos compartido trotes y buenas conversaciones. El trote tiene esa virtud: nos devuelve a una condición de sencillez y humanidad.
—Entonces, ¿invitaría a Gabriel Boric y a José Antonio Kast a correr?
—Por supuesto. Sería una grata aventura [sonríe]. Corriendo uno descubre sus límites, como en la cita griega: Conócete a ti mismo, todos tenemos límites y cada uno debe encontrar el suyo, y el trote ayuda a eso.
—Cincuenta maratones. ¿Qué se aprende después de tantos kilómetros?

—Humildad. Puedes prepararte durante meses y aun así algo puede resultar un fracaso. Aprendes a administrar la energía, aceptar el cansancio, adaptarte y seguir. La vida tiene bastante de eso: no controlamos todo lo que sucede, pero sí podemos decidir cómo continuamos.
—Durante décadas combinó una vida empresarial exigente con deporte, viajes, lectura y escritura, mucho antes de que se hablara tanto de equilibrio. ¿Lo buscó?
—No, surgió simplemente como una necesidad y me refiero a todo lo que hago, es buscar el placer en cada actividad y nunca hacer algo que juegue en contra de eso. Entendí además que el trabajo, siendo fundamental, no lo ocupa todo. Una vida necesita afectos, curiosidad, movimiento, silencios, libros y amigos. El éxito profesional puede ser satisfactorio, pero si para conseguirlo abandonamos todo lo demás, quizás deberíamos preguntarnos por el sentido del éxito.
—¿Y cuál es hoy su definición de éxito?
—Ha cambiado mucho. De jóvenes solemos medirlo por lo que conseguimos. Con el tiempo empiezas a medirlo también por lo que fuiste capaz de conservar: los afectos, los amigos, la capacidad de maravillarte, el tiempo para conversar con alguien que quieres. Los años ponen muchas cosas en perspectiva.
—Después de empresas, libros, viajes y 50 maratones, ¿qué le gustaría dejar?
—No pienso en el legado como algo grandioso. Me interesa algo más sencillo: haber sido significativo para algunas personas. Que mis hijos guarden buenos recuerdos, que mis amigos sepan que estuve, que algún lector haya encontrado una frase que lo acompañó en un momento importante. Al final, quizás eso somos: pequeñas huellas que vamos dejando en los demás.
—¿Y qué le falta por recorrer?
—Muchísimo. Mientras uno conserve curiosidad, siempre queda camino. Quiero seguir escribiendo, leyendo, corriendo mientras pueda, viajando y conversando. Con los años he comprendido que la vida no consiste solamente en llegar. Muchas veces, lo verdaderamente importante ocurrió mientras íbamos hacia alguna parte.


