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Crónica regional: La anatomía del crimen armado en América Latina y el Caribe

Durante las últimas tres décadas, América Latina y el Caribe han sido escenario de una mutación profunda en la violencia organizada. Lo que en los años setenta y ochenta se conocía como guerrilla política o insurgencia ideológica, hoy se ha transformado en una red de estructuras criminales que mezclan narcotráfico, control territorial y poder político. En cada país, los grupos armados han evolucionado con una identidad propia, pero todos comparten un mismo patrón: la sustitución del Estado en zonas donde la autoridad se ha desvanecido.

México: el laboratorio del narcoterrorismo

El fenómeno mexicano es el más antiguo y complejo. El Cártel de Sinaloa, fundado en los años setenta por Miguel Ángel Félix Gallardo y consolidado bajo el liderazgo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, se convirtió en el modelo de exportación del crimen organizado. Su estructura empresarial, con redes en más de cincuenta países, transformó el narcotráfico en una industria global. A mediados de los 2000, surgió su contraparte más violenta: el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), encabezado por Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Este grupo se expandió con una estrategia militar, utilizando drones explosivos, emboscadas y ataques directos contra fuerzas de seguridad. Ambos cárteles han protagonizado masacres, desapariciones y enfrentamientos que han dejado más de 400.000 muertos desde 2006. Su influencia se extiende a Centroamérica y Sudamérica, donde operan como proveedores y financiadores de otras redes criminales.

Colombia: la guerra que nunca terminó

La firma del acuerdo de paz con las FARC en 2016 no significó el fin del conflicto armado colombiano. De las ruinas del antiguo grupo insurgente surgieron las disidencias, lideradas por Iván Márquez y otros excomandantes que rechazaron el proceso de desmovilización. Estas facciones controlan corredores estratégicos en el sur y el oriente del país, especialmente en zonas de frontera con Venezuela y Ecuador. Se financian mediante el tráfico de cocaína, la minería ilegal y el cobro de “impuestos revolucionarios” a comunidades rurales. El Ejército de Liberación Nacional (ELN), activo desde 1964, mantiene presencia en Arauca, Norte de Santander y el Chocó. Sus ataques a oleoductos, secuestros y extorsiones han sido constantes, incluso durante los intentos de diálogo con el gobierno. A la par, el Clan del Golfo, heredero del paramilitarismo, se consolidó como la mayor estructura criminal del país, con operaciones en más de veinte departamentos y vínculos con carteles mexicanos.

Venezuela: el crimen como poder político

La crisis institucional venezolana dio origen a dos estructuras que hoy operan como Estados paralelos. El Tren de Aragua, nacido en la cárcel de Tocorón alrededor de 2014, comenzó como una banda de extorsión y contrabando, pero pronto se expandió hacia Perú, Chile, Colombia y Brasil. Su presencia se caracteriza por el control de pasos fronterizos, trata de personas y sicariato. Por otro lado, el Cártel de los Soles, vinculado a altos mandos militares, maneja rutas de narcotráfico y contrabando de oro desde el sur del país. Ambos grupos reflejan cómo la descomposición institucional ha permitido que el crimen se convierta en estructura de poder, con capacidad de negociación y protección política.

Haití: el colapso total del Estado

En Haití, la violencia ha alcanzado niveles inéditos. Las pandillas Viv Ansanm y Gran Grif controlan más del 80% de Puerto Príncipe. Desde 2021, tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse, el país quedó sin gobierno efectivo. Las bandas tomaron el control de aeropuertos, puertos y barrios enteros, imponiendo sus propias leyes. Viv Ansanm protagonizó la liberación masiva de más de 4.000 presos en 2024, mientras Gran Grif ha sido responsable de masacres en el centro del país. La población vive bajo un régimen de miedo, sin policía ni justicia funcional.

Brasil y Ecuador: el poder desde las cárceles

En Brasil, el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV) son las organizaciones más antiguas y estructuradas del continente. El PCC nació en 1993 en la prisión de Taubaté, São Paulo, como respuesta a las condiciones carcelarias. Hoy controla el tráfico de drogas en gran parte del país y mantiene alianzas con grupos paraguayos y bolivianos. El CV, surgido en Río de Janeiro en los años ochenta, se expandió desde las favelas hacia el sistema penitenciario, imponiendo su dominio con violencia y corrupción. En Ecuador, Los Choneros y Los Lobos replicaron el modelo brasileño. Desde 2021, las cárceles ecuatorianas se convirtieron en centros de poder criminal, con masacres que han dejado cientos de muertos y una guerra interna por el control del narcotráfico hacia el Pacífico.

Centroamérica: las maras como Estado paralelo

Las Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18, nacidas en Los Ángeles en los años ochenta y reimplantadas en El Salvador tras las deportaciones masivas de los noventa, son hoy estructuras transnacionales. Controlan barrios, rutas migratorias y economías informales en El Salvador, Guatemala y Honduras. Su poder se basa en el terror cotidiano: extorsión, reclutamiento forzado y asesinatos públicos. Aunque el gobierno salvadoreño ha emprendido una ofensiva sin precedentes, con miles de detenciones, las maras siguen operando desde las cárceles y en comunidades rurales.

Una región sitiada por su propio crimen

La expansión de estos grupos ha generado una nueva geografía del miedo. Desde las montañas colombianas hasta los barrios de Ciudad de México, desde las cárceles brasileñas hasta los suburbios haitianos, el crimen organizado se ha convertido en un actor político y económico. Su poder no solo se mide en armas o dinero, sino en la capacidad de reemplazar al Estado: proveen seguridad, empleo y justicia informal. La respuesta regional sigue fragmentada. Algunos gobiernos militarizan la seguridad; otros buscan acuerdos o programas de reinserción. Pero la raíz del problema —la desigualdad, la corrupción y la ausencia de oportunidades— permanece intacta.

La historia reciente de América Latina y el Caribe es la historia de una transformación silenciosa: la del crimen que dejó de esconderse y se convirtió en sistema. Y mientras los Estados intentan recuperar el control, los grupos armados siguen expandiendo su territorio, su economía y su influencia, moldeando el futuro de una región que aún busca su salida del laberinto.

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