
La mañana del 8 de enero de 2024, Brasilia amaneció con un aire extraño. A un año exacto del asalto a los Tres Poderes, la capital seguía marcada por cicatrices visibles: vidrios blindados recién instalados, rejas reforzadas y un perímetro de seguridad que recordaba que la democracia brasileña había estado al borde del abismo.
En ese clima tenso, un hecho político sacudió al país: Jair Bolsonaro fue inhabilitado políticamente por decisión del Tribunal Superior Electoral. La sentencia lo dejaba fuera de cualquier disputa electoral hasta 2030. Para muchos, era el fin de una era; para otros, el inicio de una nueva fase.
Lo que nadie imaginaba entonces era que, desde ese mismo momento, el bolsonarismo comenzaría a reorganizarse con una velocidad quirúrgica.
Río de Janeiro, marzo de 2024: el hijo mayor entra en escena
En una sala discreta del barrio de Barra da Tijuca, en Río de Janeiro, dirigentes del Partido Liberal (PL) se reunieron para discutir el futuro del movimiento. La pregunta era simple y brutal: ¿Quién reemplazaría a Jair Bolsonaro como rostro del proyecto?
Las opciones eran pocas, pero cada una tenía peso propio:
- Michelle Bolsonaro, carismática, popular, pero sin experiencia legislativa.
- Eduardo Bolsonaro, el más ideológico, pero también el más polarizante.
- Flávio Bolsonaro, senador, abogado, moderado en las formas, pragmático en el fondo.
La decisión comenzó a inclinarse cuando llegó una carta escrita desde la prisión militar donde Jair Bolsonaro cumplía condena. En ella, el expresidente era categórico: Flávio debía ser su sucesor político. Ese gesto selló el destino del movimiento.
El anuncio que reconfigura la derecha
El 12 de agosto de 2024, en un auditorio del PL en São Paulo, Valdemar Costa Neto —presidente del partido— tomó el micrófono y pronunció la frase que cambiaría el tablero electoral: Flávio Bolsonaro será el candidato. El anuncio fue recibido con aplausos, pero también con murmullos.
El bolsonarismo no es un bloque homogéneo: es una constelación de iglesias evangélicas, militares retirados, empresarios del agro, influencers digitales y sectores conservadores urbanos. Todos ellos debían alinearse detrás del hijo mayor.
Flávio, consciente de la magnitud del desafío, inició una gira nacional que lo llevó por Goiás, Mato Grosso, Paraná y Santa Catarina. En cada ciudad repetía un mensaje que mezclaba continuidad y redención.
El bolsonarismo muta, pero no desaparece
Durante 2025, el movimiento se consolidó alrededor de tres ejes:
- La narrativa de la persecución. El encarcelamiento de Jair Bolsonaro se transformó en un símbolo. Para su base, era la prueba de que el sistema quería destruirlos. Para Flávio, era un recurso político: prometió que, si llegaba al poder, impulsaría una amnistía para su padre.
- La reorganización territorial. Los gobernadores aliados —especialmente Tarcísio de Freitas en São Paulo— se convirtieron en piezas clave. El bolsonarismo entendió que la elección se ganaría en los estados más poblados.
- La profesionalización de la campaña. Equipos de comunicación digital, estrategas de redes y consultores internacionales comenzaron a trabajar en la construcción de una imagen: Flávio como el “Bolsonaro posible”, menos confrontacional, más institucional, pero con el mismo ADN ideológico.
El veterano que vuelve al ring
Mientras el bolsonarismo se rearmaba, Luiz Inácio Lula da Silva enfrentaba su propio desafío. A sus ochenta años, buscaba la reelección en 2026 con un país dividido y una economía que avanzaba, pero sin el brillo de sus primeros gobiernos.
En 2025, Lula recorrió el nordeste —su bastión histórico— reforzando alianzas con gobernadores y movimientos sociales. Su mensaje era claro: “Brasil no puede volver al pasado”.
Pero el escenario era distinto al de 2022. El adversario ya no era Jair Bolsonaro, sino su hijo: un político más joven, más calculador y menos propenso a declaraciones explosivas. Para Lula, eso significaba una campaña más técnica, menos emocional y con un electorado cansado de la polarización, pero aún atrapado en ella.
El tablero está listo
A comienzos de 2026, Brasil entró oficialmente en modo electoral. Las encuestas mostraban un país partido en dos mitades casi simétricas. El bolsonarismo, lejos de haberse debilitado, había encontrado en Flávio un rostro renovado, y el lulismo, por su parte, confiaba en la experiencia, la estructura y la memoria afectiva del líder del PT.
La elección presidencial de 2026 no es solo una disputa entre dos candidatos. Es un choque entre dos visiones de país, dos memorias colectivas y dos proyectos que han marcado la última década.
Por una parte está el bolsonarismo, reorganizado, disciplinado y con un nuevo líder; y por otra, el lulismo, experimentado, resiliente y aún capaz de movilizar multitudes.
Claramente, la inhabilitación de Jair Bolsonaro no apagó su movimiento: lo obligó a mutar. Y en esa mutación, Flávio Bolsonaro emergió como el heredero inesperado de un proyecto que sigue definiendo la política brasileña.
Brasil se prepara para una elección que no solo elegirá a un presidente: definirá el rumbo emocional, económico y simbólico de la mayor democracia de América Latina.
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