
Durante décadas, el sonido agudo de la turbina al encenderse en la sala de espera ha funcionado como un detonante universal de taquicardia. Para millones de personas en todo el mundo, la sola idea de abrir la boca frente a un foco de luz blanca evoca un sudor frío y una necesidad instintiva de huir. A pesar de que la medicina ha dado pasos gigantescos hacia el confort del paciente, la odontofobia permanece como un fantasma persistente en la memoria colectiva, anclado en prácticas que pertenecen más al siglo pasado que a la odontología moderna. La buena noticia es que una nueva generación de profesionales de la salud bucal ha decidido derribar ese muro de aprensión, combinando tecnología de punta con una dosis indispensable de empatía y humanidad.

Directora de Clinica Eben Ecer
La magnitud del fenómeno está ampliamente documentada por la ciencia. Estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y diversos estudios internacionales señalan que entre un quince y un cuarenta por ciento de la población padece algún grado de ansiedad dental, mientras que cerca del diez por ciento vive con una fobia severa e incapacitante. En Chile, la realidad no es distinta: las investigaciones locales revelan que casi cuatro de cada diez personas experimentan niveles significativos de angustia al pensar en una consulta. Esta evitación sistemática genera un círculo vicioso perverso; al postergar la atención por temor, los problemas menores terminan convirtiéndose en urgencias dolorosas y complejas, lo que desafortunadamente termina reforzando el trauma original.
Las raíces de este miedo visceral no son gratuitas. Se alimentan de recuerdos infantiles asociados a tratamientos invasivos, del temor a las agujas, del ruido estridulante del instrumental y de una histórica sensación de indefensión al estar reclinado e imposibilitado para hablar. Sin embargo, la brecha más grande que hoy enfrenta la odontología no es técnica, sino cultural. Gran parte del pánico actual se sostiene sobre mitos y experiencias del pasado, cuando los procedimientos carecían de los estándares actuales de control del dolor. Hoy en día, la combinación de anestésicos tópicos de alta efectividad, agujas ultramicrofinas, técnicas de microabrasión y diagnóstico digital ha transformado la intervención en un proceso prácticamente libre de grandes molestias, donde el sufrimiento ha dejado de ser una variable inevitable.
«Muchos de los pacientes que llegan a nuestra consulta traen consigo mochilas emocionales cargadas de recuerdos de hace treinta o cuarenta años, cuando la odontología se ejercía desde un paradigma totalmente distinto. Nuestro primer deber profesional es decirles con absoluta convicción que esos miedos pertenecen al pasado; hoy la tecnología y las técnicas anestésicas nos permiten garantizar tratamientos prácticamente indoloros y extremadamente respetuosos con el bienestar de la persona», señala la Dra. Maritza Salas.
Ante este panorama, el verdadero cambio de paradigma ocurre en el terreno emocional y en la relación entre el profesional y el paciente. Referentes en la atención clínica, como la Dra. Maritza Salas en sus Centro Clínico y Dental Eben Ezer, de Gran Avenida y Cerrillos, lideran una corriente que pone el foco en la comunicación transparente y la alianza terapéutica. El primer paso para desarmar la ansiedad consiste en invitar al paciente a hablar abiertamente de sus temores antes de tocar el sillón. Expresar el miedo en palabras reduce la activación del estrés en el cerebro y permite acordar pautas de trabajo compartidas, como simples señales de mano para pausar el procedimiento en cualquier momento. Este gesto devuelve al paciente el control absoluto de la situación y elimina de raíz el factor sorpresa.
«El abordaje clínico no puede limitarse a arreglar un diente o curar una encía; debemos atender a un ser humano integral que muchas veces siente vulnerabilidad. Para nosotros, abrir el espacio para que el paciente hable de su temor antes de iniciar cualquier procedimiento no es una pérdida de tiempo, es el paso ético fundamental para devolverle el control y construir una relación basada en la confianza mutua», enfatiza la especialista.
Sumado a la validación emocional, la psicoeducación cumple un rol clave bajo el sencillo pero poderoso principio de decir, mostrar y hacer. Explicar cada paso con cercanía, mostrar instrumental moderno que reduce ruidos y vibraciones, e incluso incorporar herramientas de distracción o sedación consciente cuando es necesario, permite actualizar el mapa mental de quienes asocian el dentista a una experiencia tormentosa. Este enfoque cobra aún mayor relevancia en la atención pediátrica, donde sentar las bases de una experiencia positiva evita la formación de traumas a futuro.
«En el Centro Clínico y Dental Eben Ezer hemos instaurado como política institucional el diseño de experiencias positivas, tanto para niños como para adultos. En el caso de los más pequeños, buscamos que su primera interacción con el dentista sea a través del juego y la familiarización pacífica, previniendo que desarrollen la fobia que acompañó a sus padres. Queremos que salir de la consulta sea un motivo de tranquilidad y satisfacción para toda la familia», concluye la Dra. Salas.
Erradicar el miedo al dentista no es solo un asunto de estética o salud física; es un acto de restitución de la confianza que demuestra que la odontología contemporánea ha dejado atrás la era del dolor para dar paso a una atención más justa, comprensiva y profundamente humana.



