
Desde hace años, la encuesta CADEM se ha convertido en una liturgia mediática semanal. Sus cifras son citadas como verdad revelada por matinales, noticieros y redes sociales, moldeando titulares, estrategias políticas y la percepción ciudadana. Se presenta como “Plaza Pública”, una supuesta fotografía fiel del sentir nacional. Pero bajo ese nombre se esconde una tormenta de críticas metodológicas, éticas y laborales que cuestionan su real capacidad de representar a los más de 19 millones de chilenos.
700 entrevistas para todo un país
El corazón del cuestionamiento está en el número: 700 encuestas telefónicas por semana, con las cuales CADEM proyecta la opinión de todo un país. Aunque declaran márgenes de error de ±3,7%, expertos en estadística como Ernesto San Martín y Eduardo Alarcón-Bustamante aseguran que esas cifras solo son válidas bajo condiciones de muestreo probabilístico riguroso, condiciones que —según ellos— CADEM no cumple.
El problema no es solo el tamaño. También está la forma. La tasa de rechazo de las encuestas telefónicas ronda el 90%, lo que significa que apenas 1 de cada 10 personas accede a contestar. Este dato revela un sesgo de no respuesta grave y no corregible. Como explican desde el LIES de la PUC, no existe forma estadística de saber si quienes respondieron piensan igual que quienes colgaron el teléfono.
El espejismo del muestreo «probabilístico»
CADEM afirma usar un “muestreo probabilístico estratificado”. Pero especialistas cuestionan la base misma de ese método. ¿Es posible estratificar una base con millones de celulares, donde una persona puede figurar con tres números y otra con ninguno? El sociólogo Alberto Mayol advierte que eso distorsiona completamente el carácter probabilístico del proceso.
Además, acusan a la encuesta de confundir márgenes de error con intervalos de confianza, y de presentar sus resultados con un tecnicismo que más que aclarar, oculta las verdaderas limitaciones de su metodología. Para los críticos, CADEM ha cruzado la línea entre lo técnico y lo político, operando más como un actor comunicacional que como un instituto de medición objetiva.
Denuncias desde dentro: fraude, presión y precariedad
Más allá de las cifras, los testimonios de exencuestadores y supervisores revelan una cruda realidad en el trabajo de campo. Denuncian inventos de encuestas, respuestas duplicadas, manipulación de datos y validaciones irregulares. Bajo presión para cumplir cuotas, muchos trabajadores recurren a llenar formularios sin entrevistas reales. Algunos incluso compran chips para simular llamadas y alterar el muestreo.
La precariedad laboral aparece como un motor de estas prácticas. Encuestadores mal pagados, sin contrato ni protección, enfrentan la disyuntiva entre cumplir la cuota o quedarse sin remuneración. Mientras tanto, los procesos de supervisión son calificados como deficientes o complacientes.
La falsa sensación de certeza
CADEM no solo es cuestionada por cómo mide, sino por cómo se presenta. Sus resultados son difundidos como si fuesen verdades absolutas. Los medios replican variaciones mínimas entre semanas diferentes como si fueran tendencias reales, ignorando que se trata de muestras completamente distintas.
Los especialistas lo califican de forma tajante: una falacia comunicacional. Para hablar de tendencias, es necesario seguir a las mismas personas, cosa que CADEM no hace.
Sin embargo, sus cifras influyen en decisiones de gobierno, campañas políticas y hasta en los mercados. ¿El resultado? Una encuesta que no solo mide mal, sino que moldea la realidad con cifras cuya validez está en entredicho.
“CADEM no mide a Chile. Mide a quienes les conviene que Chile sea medido de cierta manera”, sentenció un académico consultado.
La encuesta CADEM se mantiene como uno de los instrumentos más poderosos de la política chilena, no por su rigor, sino por el blindaje mediático y la fe ciega con la que se le cita.



